domingo, 7 de diciembre de 2014

Carta a una noche que, al contrario de lo que piensas, sigue siendo jóven.

Estoy entrando en esa época del año en la que sonrío por las mañanas, y unos dedos cualquiera rozando una guitarra hacen que el mundo embellezca de pronto, se llene de matices nunca percibidos y cubra de colores la vida gris que se mece a mi alrededor. Una época en la que las calles se llenan de luces, de gente, de esperanzas y de recuerdos. Entre rojo y acebo, muérdago, renos y películas tiernas a la hora de la siesta, me pregunto que pensarán los demás de todo esto. Qué pensarán de la nieve, de las velas que enciendo para no perder la razón, del bloque de hielo que es mi corazón y que los años derriten lentamente. Quizá algún día llegue a importarme algo. Quizá algún día llegue a importarle a alguien. Quizá reciba por Navidad lo que siempre pido y nunca descubro al abrir los paquetes, y quizá y solo quizá, me arrepienta de haber querido tanto. Es algo tan extraño un estado de felicidad efervescente, que en cambio nunca se desvanece del todo, y envuelve con sus suaves alas todo el miedo que guardo bajo llave, esperando a que algún día lo encuentres, que no acabo de asimilarlo del todo.

¿Qué es?
¿Cómo estás?
¿Te vienes?
¿Te atreves?

¿Saltas?

Todas las navidades desde que te conozco las he pasado llorando. A pesar del tiempo, del frío, la distancia y la indiferencia, he encontrado fuerzas para seguir esperando al verano. Para seguir superando el invierno. Y acabar el último día del año tiraba en un calle cualquiera preguntándome por qué nunca has bailado conmigo en Diciembre. Y por qué nunca bailarás conmigo en Agosto. Y por qué nunca.

A principios de enero levantaré la vista hacia un amanecer, a la altura de unos ojos que no serán los tuyos, y gritaré por todas las deudas que te quedan por pagar. Por todos los daños que hemos pormenorizado y dejado a un lado para jugar con ellos más tarde. Por todas las noches inundadas de sal, por las calles vacías y las palabras vanas. Por la importancia de la desigualdad. Por la mentira en la verdad, y básicamente, por todo lo que me has hecho sufrir.

Es algo extraño, como soñaba previamente, el hecho de que sonría si te miro. De que me acueste feliz por lo que tengo, aunque no seas tú. De que brille sin causa y mueran los motivos. Y aún así, el sabor amargo de tus besos inservibles no me deja degustar paladares traviesos.

Aunque no estés, sigues ahí. Aunque te vayas por un tiempo volverás. Y aunque me olvides, te recordaré.

A la persona que me enseñó a escuchar, desquerer, casi a escribir, a ser fuerte...
a la persona que me enseñó a aprender.

A mí.
A ti.

Siempre,

                                Incondicional