Hoy he comprendido que todo principio tiene algo de final. Al revés, como suele sorprendernos la incógnita y casi nunca la respuesta. Empezamos algo para acabar de nuevo. Nos reconstruimos involuntariamente solamente por llevarle la contraria a nuestros deseos. Pues es ese afán de autodestrucción, ligeramente escabroso y del todo macabro el que nos lleva a regenerarnos, a renacer de las cenizas que hemos tirado al mar intentando olvidar a quien pertenecían, por el mero hecho de desobedecer nuestros más profundos instintos. En todos los principios acabo. Acabo llorando. Acabo lejos. Acabo empezando algo para dejarlo poco tiempo después. En casi ningún principio hay términos. No hay condiciones. Las prohibiciones arden en una hoguera que no alcanzamos a divisar, junto a la playa donde hemos depositado los restos de lo que éramos. El agua nos lame los pies, recordándonos lo efímero que es el tiempo, llevando nuestros pensamientos a lugares donde la compañía era más grata que la soledad paciente que disfrutamos sin remedio. Los principios son tristes; todavía queda esa impronta de lo que fue y se deja atrás. Son tristes porque anuncian lo ineludible, la repetición de un ciclo que lleva moviéndose en torno a mi cintura desde que me atreví a respirar por primera vez. Fintando cuidadosamente hasta encontrar una brecha en el poderoso escudo que protege todos los finales que nunca empezarán a bailar por sí solos. Todos los principios tienen algo de declaración. Tratan de gritarle al viento lo que quieres, buscas y sueñas. De imponerse en tu posición obstinada, dejándote sin posibilidad alguna de poder retractarte. Nada va a cambiar. Todo seguirá igual que siempre, completamente distinto a como lo conocíamos. Solo yo permaneceré voluble. Volátil e invisible. Muñeca de trapo que viaja descuidadamente pasando de mano en mano, contemplando París de la peor forma posible. Un círculo sin salida. Una carrera sin retorno. Un principio que no llegó a tener final. ¿Qué es la vida? Por descontado queda todo lo que he reído. Cuéntame lo que quieras, que no voy a escucharte. Empieza por el final. Acaba donde no pueda verte. Sonríe como si no pudieras hacer otra cosa. Como si fuera la ultima vez que intentas hacer algo bien desde el principio.