La cuestión es sentarse a esperar la puesta de sol con un cigarro en la boca y que el humo se funda con el canto de los pájaros y el frío se clave en tu piel haciéndote parecer la flor más bella de todas un invierno cualquiera en el jardín de una persona cualquiera.
Creo que no voy a deshojar esa flor solo por el placer de saber si estaría bonita sin pétalos, porque sé que estará bonita de cualquier modo.
Así que qué más da ser rosa, o poeta, si al final las lágrimas son flores y yo debo ser un prado precioso.
Que no se seque.
Mil veces habré intentado podarlo, pero ahora he comprendido que así perdería todo su encanto. Felices estamos radiantes, pero tristes estamos más guapos. Llora pues, para que no dejen de crecernos los geranios, y tenga algo con lo que decorar el vacío que tarde o temprano dejarás cuando me plantes.
Aún no estoy muerta, puedo cuidar de mis propias flores.
Ven tú a cuidarme a mí y que así desaparezcan. O llamame llorando y te llevaré a ver los girasoles que crecen al sol, para regalarte un poco de la alegría que no tengo.
La pregunta es como voy a desenredar tus raices de mis brazos y piernas. No me entierres todavía. ¿No existe algo llamado árbol corazón?
Talando bosques estamos matando personas, pero a mí me vale con que no te vayas tú.
Llora, llora todas las flores que hemos marchitado. No hay vuelta atrás, los pétalos no pueden recuperar su color, yo no puedo recuperar la sonrisa.
Llorad, flores. Brotad, lágrimas.
Doctor, ¿no puedes curarlas?
¿no puedes curarme?
La cuestión es sentarse a esperar a que crezca algo y rezar porque el sol no decida ocultarse mientras leemos una primavera cualquiera en un jardín cualquiera, y que las canciones que suenen nos recuerden a cuando no queríamos irnos, y al regreso que está por venir.
Que vengas y llores, que nos hace falta una excusa bonita para dejar de hacerlo. O para pintar la casa de verde, que inundados estamos más guapos.
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