martes, 3 de junio de 2014
Folios en blanco
Hoy he llegado a un punto en el que me estaba dando miedo que tal vez, por algún desvarío del destino, o por mi propia y vaga torpeza, se me hubiera olvidado escribir. Escribir por el mero hecho de hacerlo, de juntar un par de palabras y que suene bonito, que cuenten historias que nunca han pasado, pero que tienen lugar en el mismo instante en el que son plasmadas en un papel. Me estaba dando miedo porque últimamente no escribo, y no porque no quiera, o pueda. No escribo porque no encuentro nada sobre lo que escribir, desde que los suspiros del viento, las voces de madrugada o el color de unos ojos ya no me inspiran ningún buen recuerdo. No escribo porque no soporto que se haga de día en la oscuridad en la que me he sumido, escondiéndome de todo lo que busco, rezando por que el sol me encuentre, para decirle que se vaya. Al fin y al cabo, todo lo que vaya a escribir estará ya escrito; en las estrellas, en ciertas espaldas, en borradores guardados en un cajón, en tarjetas de cumpleaños o en petalos de flores arrancados con rabia. No somos únicos, estoy segura de que miles de personas habrán pasado y experimentarán la misma dicha y dolor que yo, si no más, y al menos la mitad habrá escrito algo sobre ello. Pero aún siendo inútil y un desperdicio de tiempo y pensamientos, me daba miedo que se me hubiera olvidado escribir. Y tal era mi temor, que posponía el momento de hacerlo para no llevarme una decepción con las palabras, los libros y conmigo. Así que aquí estoy, escribiendo sobre escribir para demostrarme que aún se hacer lo que según dicen mejor se me da. No estoy intentando contar ninguna historia, ni trasmitir ningún mensaje, espresar cualquier delirio o acallar mi conciencia con dulces palabras, mis manos se mueven solas por el teclado al ritmo de dos pájaros que cantan un poco alejados de mi ventana, mientras dejo la mente en blanco y se me olvida hasta que pensaba del mundo hace cinco minutos. Sangrando tinta, expulsando lo que sobra en mí y pidiendo a gritos silenciosos lo que falta, intercambiando sueños con cualquiera que sufra de insomnio cada noche. Escribo para eliminar un poco la tristeza que inunda los días que pasan; no escribía para mantenerla camuflada y hacer como si no existiera, pero en un resquicio de cordura he encontrado el equilibrio de una pluma flotante. Engañarse a uno mismo es lo más mezquino que podríamos hacernos. Hoy he leído un artículo de antiayuda que no sé si ha cumplido su propósito, he visto una película de trama de dudosa aceptación en un día como hoy y he intentado cumplir objetivos que sé que siempre quedarán pendientes, y la conclusión a la que he llegado es que el miedo es un enemigo peligroso mientras crees en él, pero que cuando le cruzas la cara y lo conviertes en un ser inexistente, pues tan solo es un producto de tu mente, fuegos artificiales cubren de colores el cielo, el agua de las cascadas cae con más fuerza, los bosques se expanden más rápido y el chocolate sabe aún mejor si cabe. Y es que no, no se me había olvidado escribir, ni tenía miedo a que esto hubiera sucedido. Le tenía miedo al hecho de escribir en sí, de sacar a relucir todo lo que he escondido debajo de la risa y explotar la burbuja de seguridad que me he creado. No es verdad que duela, es mentira que esté curado, sólo es un puñado de palabras al aire, que se llevarán un nombre en cuanto reúna el valor suficiente para escrbirlo.
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