Y no, felicidad no era besarse apasionadamente borracho con algún desconocido en un descampado para aliviar tensiones.
Felicidad era tumbarse al sol junto a alguien querido y contemplar el sutil movimiento de las nubes. Ver las horas pasar sin que importara el hacer algo o simplemente escuchar una y otra vez la misma canción.
Sólo pedía alguien con quien hacer esas cosas. Tirarse tarta a la cara y luego limpiar juntos el desastre. Alguien con quien discutir todo el tiempo, alguien que le quitara la razón.
Oía murmurar; no es para tanto, si quisiera ese alguien podría tenerlo, ¡mira cuánta gente en esta fiesta!
¡Oh, has caído en mis brazos! ¡Me has guiñado el ojo! ¿No serán los efectos de ese cubata que tienes en la mano?
'¿Seguirás abrazándome cuando la luna se oculte? ¿Cuando dejes de volar y pongas los pies en el suelo?'
Y la respuesta siempre era la misma; ninguna de esas personas estaría para componerle una canción, ni para comprar libros nuevos, ¡¡ni para nada!!
Más tarde le insinuaban los demás, ¿desesperación? Lea el título.
No lo entendían, y tal vez nunca lo hicieran. No quería sentirse querido una noche, si no para siempre.
No quería besos falsos, le bastaba con miradas sinceras.
Eso era mucho más difícil de encontrar que un trébol de cuatro hojas. ¿Dónde estaría el suyo? ¡Quiero comerme ya mi media naranja! Probar su sabor...
Y confundiendo términos noche sí, noche también, se iban a dormir con la seguridad de que estaban haciendo las cosas bien. Pobre mundo.
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