domingo, 17 de noviembre de 2013

Si vienen a por mí tú dame el agua

No hay día que el amor no me recuerde a una gran ventana abierta a un jardín marchito, gris y mustio, que ansía la vida pero no tiene suficiente agua como para que las plantas que deben crecer allí alcen sus tallos y decidan mirar hacia arriba. Y yo en el borde de la ventana, deseando tumbarme en la hierba a escuchar alguna canción que no traiga consigo un agujero en el pecho. Deseando saltar sin pensar en la caída. Y sabiendo a ciencia cierta que no habrá nadie para recogerme cuando de el paso que me lance al vacío.
Esperar a que alguien te salve es de ser muy egoísta, y el amor es lo opuesto al egoísmo, en todas las cartas, actos y miradas. Me pregunto por qué no nos convertimos en salvadores aquellos que hemos saltado por la ventana y nos hemos destrozado piernas y brazos contra el suelo. Aún rota, y con las heridas más que abiertas, he decidido cavar en la tierra mojada, con ambas manos, esperando encontrar raíces que me cuenten una historia feliz, aunque no sea la mía. Traigo agua, que hace falta, más yo no bebo, aunque necesite ríos y ríos para saciar mi sed. Si yo no puedo arreglarme, por lo menos puedo arreglar aquello que me destruye. Y me llamaréis masoca, o buena persona, yo qué sé. No hay nada de malo en desear la felicidad a quien te importa, y hay muchas personas que me importan más de lo que me importo yo.

¿Y a quién le importa?

Voy a saltar una y mil veces. Las heridas son flores, dijeron una vez. Y dejo claro que mis heridas serán tus flores, y que te ayudaré a buscar el Sol para que crezcan sanas y fuertes, mientras yo vivo en un permanente eclipse y en una margarita desojada, que cuenta las lágrimas derramadas por los dos, hasta que las nubes desaparezcan y cada uno siga su camino. A arreglar otros jardines, a abrir más ventanas, a salvar y ser salvados, recordando siempre la mano que te empujó hacia abajo, gritando que te necesitaba aunque no lo hiciese como tú querías.

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