Dicen que cuanto más dura es la vida más fuerte te vuelves y mejor afrontas los problemas que vengan. Esta es la historia de la mujer que a cada golpe que recibía se volvía más y más frágil, como un cristal que se ha caído demasiadas veces al suelo en un descuido y siente grietas internas, que avisan que el próximo contacto con el frío linóleo será el definitivo. Esta mujer se llevaba rápidamente una mano al pecho cada vez que cualquier ruido, conversación o paseo la alteraba mínimamente, como intentando que no cayeran en cascada los mil trozos de los que estaba compuesta, manteniéndose unida con ese simple gesto involuntario. Los días de lluvia miraba las calles y las personas como quien admira un paisaje precioso y ansía pintarlo al óleo pero no dispone de los colores necesarios; y se llevaba la otra mano a la frente, ocultando sus ojos a los demás, aunque pudiera sentir las lágrimas haciendo carreras por sus mejillas y formando charcos a sus pies. Le gustaban los dentistas, las plantas marchitas, las medusas y los silencios incómodos; simplemente porque de esas cosas no podía enamorarse, y respiraba aliviada en un mar de tranquilidad, con los brazos por fin abiertos, desenredando los nudos que se habían formado dentro de ella y sintiéndose segura. Nunca dormía, porque sus sueños eran incluso peores que su realidad, y con los ojos abiertos se prohibía soñar, pensando en cualquier cosa menos en pensar. Cuando palabras que no debían ser pronunciadas amenazaban con escapar de la cárcel que había formado para ellas bajo su cabello, se dedicaba a tirarse por las ventanas de casas de desconocidos, siendo perfectamente consciente de que nadie se iba a dar cuenta de su caída, y de que nadie la recogería. Efectivamente, jamás halló la policía indicio alguno de tales actividades, por el simple hecho de que no era informada, y jamás gritó un ser humano por salvar la vida de esta suicida que nunca acababa de morirse. Pues, ¿puede volver a morir alguien que ya está muerto? Nunca pisaba un hospital si no era para admirar el milagro de un nacimiento. A hurtadillas se colaba en esas salas donde guardan a los bebés en observación, o a aquellos cuyos padres están dormidos, exhaustos tras haber conducido como nunca en su vida para llegar a tiempo a verles abrir los diminutos ojos que poseen los recién nacidos. Alzaba con delicadeza estos niños de apariencia abandonada pero amados como ella nunca lo fue, y los observaba atentamente, como si de un experimento científico se tratara. Curiosas criaturas, los bebés, pensaba. No tienen ni idea de como funciona el mundo, de lo que serán dentro de diez años, de lo poco que debería importar su color de ojos y cuanto lo hace, o de querer a alguien. Y los padres, igual que los previenen de no ingerir alimentos del suelo, o de no acercarse a animales desconocidos, ¿no deberían prevenirles también de lo dañino que puede ser amar a alguien? Muchos problemas nos ahorraríamos, susurraba dulcemente al tiempo que agarraba al niño correspondiente por el tobillo. Ella, a quién nunca le había llorado un bebé, pues les había robado todas las ganas, huía en cuanto el pequeño ser de sus brazos mostraba algún afecto hacia su cariño. Nunca sonreía; esto era un privilegio reservado a quien lo mereciera, y aunque lo creyera con todas sus fuerzas, el destino le demostraba que estaba equivocada. Así que se escondía en la copa de un árbol e intentaba ser pájaro, más desesperadamente tras cada intento fallido de batir sus inexistentes alas. No comía, no bailaba, no leía, no cantaba, pues cada una de estas acciones le provocaba un dolor extra, y aumentaba la luz que vivía en su interior, la misma luz que derretiría la coraza que se había forjado contra posibles amenazas. En resumen: no vivía, ya que la vez que lo había intentado no había salido demasiado bien, y con demasiado bien quería decir que mejor estaría bajo tierra que emborrachándose de recuerdos de miradas cuando creía que no era vista. Esta es la historia de la mujer que encontró el infierno en el cielo, y contempló impasible como lo divino se volvía mortífero y macabro, sin opción a evitarlo de alguna manera. Como abriendo una golosina envenenada asumió los riesgos que corría al cruzar la línea del amor al odio y de la esperanza a la tumba, y acabó obligándose a olvidar lo que alguna vez la había hecho feliz, para evitar que se corrompiera de nuevo.
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