No hay nada comparable al desliz de una cuerda de guitarra, desviándose por un momento de la nota que iba a emitir. O a oírte tocar y que de repente te equivoques, pero sigas rasgando las cuerdas, totalmente metido en la canción. Haciéndola tuya. Sintiendo la música.
Qué sexy que me mires mientras el tema acaba, cuando todavía queda esa impronta eléctrica indicando que aún no os pueden echar del escenario. No mientras quede un zumbido salido del grunge que alimente nuestros oídos. No mientras se siga recordando a Nirvana. No mientras el público siga pidiendo a gritos otro bis.
Y entonces, cuando acabe el último golpe de batería, y parezca que se va a hacer el silencio, llegará el ensordecedor bramido del público, que es tan importante como la canción, sino una parte de ella.
Qué sexy una voz rota, susurrando unos versos compuestos por el alma conectada a ella. Que hablen de amor, de olvido, en definitiva; de sentimientos. Porque no hay música sin locura, ni música sin tristeza, y menos sin dicha. Pues lo que le da sentido a ese entramado de palabras y notas es justamente el sentido que queramos darle.
Un sentido discordante, medianamente equivocado, que entre a patadas en mi pecho y me arranque el corazón para enseñarle el arte de la poesía y los bemoles y luego devolvérmelo imbuido de palabras, deseando volver a escuchar el agudo violín que lo hizo despertar.