De todas las noches que he pasado despierta
mirando al infinito con pupilas de lince
sin duda alguna me quedo con esta
donde no rezo nada serio ni busco nada importante
que me recorra los tobillos y me acaricie las palmas
mientras insista con dulzura que vuelva a la cama
tranquila que no hay nadie ahí fuera, diga
¿quién es?
la mano que me cubra los ojos antes de dormir
y me aparte la mirada pasadas las cinco
las ganas que tengo de verte
en la oscuridad que reflejan las estrellas mas lejanas
transmitiendo su mensaje de esperanza
no va a volver
porque nunca estuvo
dispuesto a intentar todo lo que imaginé
que de la noche surgiría una sutil sombra
y me envolvería en un breve abrazo
para recordarme que no se había ido
pero que no estaría nunca tampoco
es mucho pedir un favor a la vida
que se aleje, que me deje dormir plácidamente
harta de esperar lo que nunca llegará
mientras una voz me susurra que vuelva a la cama
que hace frío
y no hay nadie ahí fuera
que quiera pasar y explorar mis rincones
descubrirlos y ponerles mi nombre
por todas las paredes que me encierran
que me impiden salir a buscar maravillas
que me convencen de que, en efecto,
no hay nada ni nadie ahí fuera
que deje de soñar despierta
y esperar que justo ahí fuera
estés tú.
sábado, 30 de mayo de 2015
lunes, 25 de mayo de 2015
Cada uno se sujeta como quiere
Antes de rompernos, vamos a callarnos
y a silbar suavemente nuestra canción favorita
dejar que suene mientras recogemos nuestras cosas
mirándonos como si nunca nos hubiéramos visto
hacer todo esto sin querer la cosa
ni el quien, ni el cuando, ni el porqué
incongruencias de la vida
que no funciona como debería
funcionar a base de decepciones
cada cual más fuerte que la anterior
mientras la siguiente aguarda en la sala de espera
preparando su truco final
tropieza y cae a mi abismo mortal
se baña en la inquietud de pensarnos
juega con la certeza de sabernos vivos
y muere en el suspiro que huye de tu boca
corriendo como si le llevara su alma al diablo
constante, caliente, brillante
danzando con la suerte y el azar
apostando nuestra cordura a una partida ya perdida
en un bosque de océanos
en una playa nevada
en un desierto que florece en colores
tumbados, buscando expectantes
el momento de antes de rompernos, callarnos
y silbar suavemente nuestra canción favorita
cuando nos miramos en profundidad
sin ser conscientes
ni de nosotros mismos
olvidamos la calidad del deseo
nos centramos en lo que estaba por venir
aunque le faltara mucho para llegar
a ser el momento de antes de rompernos
callarnos, y silbar suavemente nuestra canción favorita.
y a silbar suavemente nuestra canción favorita
dejar que suene mientras recogemos nuestras cosas
mirándonos como si nunca nos hubiéramos visto
hacer todo esto sin querer la cosa
ni el quien, ni el cuando, ni el porqué
incongruencias de la vida
que no funciona como debería
funcionar a base de decepciones
cada cual más fuerte que la anterior
mientras la siguiente aguarda en la sala de espera
preparando su truco final
tropieza y cae a mi abismo mortal
se baña en la inquietud de pensarnos
juega con la certeza de sabernos vivos
y muere en el suspiro que huye de tu boca
corriendo como si le llevara su alma al diablo
constante, caliente, brillante
danzando con la suerte y el azar
apostando nuestra cordura a una partida ya perdida
en un bosque de océanos
en una playa nevada
en un desierto que florece en colores
tumbados, buscando expectantes
el momento de antes de rompernos, callarnos
y silbar suavemente nuestra canción favorita
cuando nos miramos en profundidad
sin ser conscientes
ni de nosotros mismos
olvidamos la calidad del deseo
nos centramos en lo que estaba por venir
aunque le faltara mucho para llegar
a ser el momento de antes de rompernos
callarnos, y silbar suavemente nuestra canción favorita.
miércoles, 20 de mayo de 2015
El día en el que me atreví a hablarte de ti
Todo empezó el día en el que mirarnos dejó de ser verbo para convertirse en ansia. Un día en el que la necesidad dejo de hacer falta para volverse costumbre y la regla se hizo excepción. Me hablabas como si pudieras entenderme pero no quisieras, como si supieras que podía caer y te diera igual desde qué altura.
Volamos en diferentes direcciones hasta que decidiste que debíamos volver a encontrarnos. Sonaban The Smiths, pidiéndote que les dejaras conseguir lo que querían y riéndose mezquinamente de mí. Me acarició entonces un pensamiento que he tratado, o no, de olvidar desde aquel momento.
Pensé:
'el día que, en efecto, tenga que morir, me encantaría que fueras tú el que me matase'
No lo dije. Intenté no darle importancia. Me convencí de que eran palabras que iban y venían en la aturullada cabeza de una niña que leía demasiado y a la que aún no habían decepcionado las historias de amor. Me moriría de vieja, sentada en mi porche leyendo mi novela favorita; mis ojos parpadearían lentamente debido al cansancio y las letras se emborronarían hasta que fuera incapaz de distinguir algún significado. Poco a poco, los hilos de mi consciencia se irían soltando, al tiempo que el libro resbalaría de entre mis dedos, abriéndose justo por donde dice "fue el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan importante". Y allí permanecería, hasta que alguien lo recogiera y al levantar la vista me descubriera viajando plácidamente al país de nunca jamás. De lo que estaba segura es de que tú no estarías allí para verlo.
Pasó el tiempo, y me descubrí observándote como nunca antes había prestado atención a algo. Me fascinaba la forma en la que entendías el mundo. Tus gritos que desesperadamente rechazaban cualquier ayuda, la predilección que sentías por todo lo extraño, la manera en la que escribías todo lo que no querías, la soltura con la que te desprendías de lo innecesario. Por aquel entonces, me bastaba con saber que existías, que alumbrabas el mundo a todo aquel que se atreviera a aventurarse en tus oscuros rincones, y confiaba en que algún día me llegara un poco de aquella luz escondida. Pero llego un momento en el que la luna no me calmaba los atardeceres y las estrellas se fugaban del cielo, impidiéndome pedir cualquier deseo vano. Empecé a caer en una espiral de locura inconsciente, que no me dejaba salir a menos que vinieras conmigo.
Me envolvías cada vez más en un nudo apretado, que no contenía nada pero me encerraba como si de repente mi alma hubiera decidido instalarse en una cárcel de hielo. Solías mirarme desde fuera, cantándome con una sonrisa que intentaba derretir y eliminar mi miedo más profundo. Que eras tú. Pero no lo sabías, y yo en aquel entonces tampoco. Cuando comencé a intuir lo que se avecinaba ya era demasiado tarde. Ya estábamos metidos de lleno en una tormenta de la que ni el sol podría salvarnos. Llovió mucho, lloré mucho... podría considerarse lo mismo. No encontraba nada que atenuara la carga que alguien había decidido poner sobre mis hombros, y que intentaba olvidar con todas mis fuerzas.
Dicen que el olvido es un ser extraño. Que vive en una cueva solitaria, que nadie se acuerda nunca de él. Que está enamorado del tiempo, y sufre porque no puede ser feliz junto a su amado. Yo lo he buscado de mil maneras diferentes, he viajado hasta recónditos lugares intentando encontrarlo; quería que me contara su secreto, tal vez charlar con él un par de horas para entender la razón de su existencia, quería pedirle dejar de recordar, quedarme a vivir con él, sustituirle de algún modo, quería tantas cosas... Pero el olvido es un ser extraño. No se mostró ante mí cuando más lo necesitaba, se quedó sentado en su porche esperando a la muerte, leyendo su novela favorita, justo por donde dice "se debe pedir a cada cuál lo que está a su alcance realizar". Así que yo, viéndome abandonaba y sin esperanza, poco a poco, empecé a convivir con el dolor, a hacerlo parte de mí, a convertirlo en ventaja en lugar de desgracia, pues no había otra cosa que pudiera hacer.
Pero dolía, nada dolía más que tú, y eso era algo imposible de ignorar. Es más, nada ha dolido ni duele más que tú, maestro de la tristeza y el color azul. Navegante de lágrimas, creador de cascadas. Ignorante de tu poder. Y en un instante fugaz, mientras dejabas a un lado tu novela favorita, justo por donde dice "uno se expone a llorar un poco si se ha dejado domesticar", me dijiste que me querías, mirándome como si no fueras consciente de las consecuencias, como si todo esto no fuera contigo, aunque nadie deseara más que yo que 'todo esto' recogiera sus cosas, hiciera las maletas y se marchara para siempre.
Así, he volcado en palabras cada punzada, cada latido, cada pensamiento y cada deseo. He escrito por y para ti, buscando el olvido, teniéndote presente, olvidando la búsqueda, flotando en la paradoja y prendiendo en llamas la conformidad.
Todo terminará el día en el que mirarnos no dé para horas y horas de poesía.
Volamos en diferentes direcciones hasta que decidiste que debíamos volver a encontrarnos. Sonaban The Smiths, pidiéndote que les dejaras conseguir lo que querían y riéndose mezquinamente de mí. Me acarició entonces un pensamiento que he tratado, o no, de olvidar desde aquel momento.
Pensé:
'el día que, en efecto, tenga que morir, me encantaría que fueras tú el que me matase'
No lo dije. Intenté no darle importancia. Me convencí de que eran palabras que iban y venían en la aturullada cabeza de una niña que leía demasiado y a la que aún no habían decepcionado las historias de amor. Me moriría de vieja, sentada en mi porche leyendo mi novela favorita; mis ojos parpadearían lentamente debido al cansancio y las letras se emborronarían hasta que fuera incapaz de distinguir algún significado. Poco a poco, los hilos de mi consciencia se irían soltando, al tiempo que el libro resbalaría de entre mis dedos, abriéndose justo por donde dice "fue el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan importante". Y allí permanecería, hasta que alguien lo recogiera y al levantar la vista me descubriera viajando plácidamente al país de nunca jamás. De lo que estaba segura es de que tú no estarías allí para verlo.
Pasó el tiempo, y me descubrí observándote como nunca antes había prestado atención a algo. Me fascinaba la forma en la que entendías el mundo. Tus gritos que desesperadamente rechazaban cualquier ayuda, la predilección que sentías por todo lo extraño, la manera en la que escribías todo lo que no querías, la soltura con la que te desprendías de lo innecesario. Por aquel entonces, me bastaba con saber que existías, que alumbrabas el mundo a todo aquel que se atreviera a aventurarse en tus oscuros rincones, y confiaba en que algún día me llegara un poco de aquella luz escondida. Pero llego un momento en el que la luna no me calmaba los atardeceres y las estrellas se fugaban del cielo, impidiéndome pedir cualquier deseo vano. Empecé a caer en una espiral de locura inconsciente, que no me dejaba salir a menos que vinieras conmigo.
Me envolvías cada vez más en un nudo apretado, que no contenía nada pero me encerraba como si de repente mi alma hubiera decidido instalarse en una cárcel de hielo. Solías mirarme desde fuera, cantándome con una sonrisa que intentaba derretir y eliminar mi miedo más profundo. Que eras tú. Pero no lo sabías, y yo en aquel entonces tampoco. Cuando comencé a intuir lo que se avecinaba ya era demasiado tarde. Ya estábamos metidos de lleno en una tormenta de la que ni el sol podría salvarnos. Llovió mucho, lloré mucho... podría considerarse lo mismo. No encontraba nada que atenuara la carga que alguien había decidido poner sobre mis hombros, y que intentaba olvidar con todas mis fuerzas.
Dicen que el olvido es un ser extraño. Que vive en una cueva solitaria, que nadie se acuerda nunca de él. Que está enamorado del tiempo, y sufre porque no puede ser feliz junto a su amado. Yo lo he buscado de mil maneras diferentes, he viajado hasta recónditos lugares intentando encontrarlo; quería que me contara su secreto, tal vez charlar con él un par de horas para entender la razón de su existencia, quería pedirle dejar de recordar, quedarme a vivir con él, sustituirle de algún modo, quería tantas cosas... Pero el olvido es un ser extraño. No se mostró ante mí cuando más lo necesitaba, se quedó sentado en su porche esperando a la muerte, leyendo su novela favorita, justo por donde dice "se debe pedir a cada cuál lo que está a su alcance realizar". Así que yo, viéndome abandonaba y sin esperanza, poco a poco, empecé a convivir con el dolor, a hacerlo parte de mí, a convertirlo en ventaja en lugar de desgracia, pues no había otra cosa que pudiera hacer.
Pero dolía, nada dolía más que tú, y eso era algo imposible de ignorar. Es más, nada ha dolido ni duele más que tú, maestro de la tristeza y el color azul. Navegante de lágrimas, creador de cascadas. Ignorante de tu poder. Y en un instante fugaz, mientras dejabas a un lado tu novela favorita, justo por donde dice "uno se expone a llorar un poco si se ha dejado domesticar", me dijiste que me querías, mirándome como si no fueras consciente de las consecuencias, como si todo esto no fuera contigo, aunque nadie deseara más que yo que 'todo esto' recogiera sus cosas, hiciera las maletas y se marchara para siempre.
Así, he volcado en palabras cada punzada, cada latido, cada pensamiento y cada deseo. He escrito por y para ti, buscando el olvido, teniéndote presente, olvidando la búsqueda, flotando en la paradoja y prendiendo en llamas la conformidad.
Todo terminará el día en el que mirarnos no dé para horas y horas de poesía.
Dulce introducción al caos
Si voy a contar tu historia, déjame hacerlo bien. Déjame hablar de cuando sonreías sin vergüenza, sin dolor, sin asco. Déjame hablar del viento en tu mirada, de la admiración de tus manos, de la expresión de tu boca. De cuando la vida era preciosa porque no sabíamos que era vida, ni qué. Déjame contar las veces que nos perdimos, huimos y aparecimos como si nada hubiera ocurrido. Como si no hubieras pasado. Déjame hablar de cada instante imperfecto, de la antítesis de la belleza y la contradicción de la afirmación. Pero no me dejes.
jueves, 7 de mayo de 2015
especialmente normal
Estaba pensando que quizás algún día escriba algo que valga la pena. Algo que alguien lea y le parezca lo suficientemente determinante como para dedicarle unos valiosos segundos de su vida. Y que, después de eso, incluso le parezca que no han sido unos segundos malgastados. Estaba pensando en las miles de incógnitas que me quedan por responder, y el doble de ellas por preguntarme. Hacerse el tonto no vale de nada; las preguntas están ahí, mirándome fijamente, esperando a que me atreva a devolverles la mirada, solo para sonreírme y dejarme con la miel en los labios y el deseo en la lengua. Quizá solo seamos un puñado de sueños rotos, ignorantes de nuestras posibilidades de éxito, pero quién sabe, quizá podamos ser un puñado de sueños sin más, de esos que aparecen en las recetas de felicidad instantánea. No me gustaría hablar de la incesante necesidad de hablar que me acecha últimamente, por eso me voy, me alejo del ruido de las calles, de las sonrisas que buscan sinceridad en otros labios y del humo de los coches que tan solo ayuda a recordarme lo mucho que han cambiado las cosas. Quizá sea el ánimo lo que baja y no la guardia cada vez que el amor en potencia aparece en mi cama. Efímero. Inflexible. La vida es puta, me han dicho muchas veces, pero yo más, y estoy empeñada en ganarle esta partida, ya que al fin y al cabo, es mía. Estaba pensando, simplemente, como si alguna vez pudiera dejar de hacerlo, y como si no supiera que, en efecto, algún día ya no lo haré más. Quizá sea el miedo lo que me impide huir hacia delante. Quizá sea toda la música que ya no escucho porque me recuerda demasiado a alguien que no vendrá. Volver no se puede si nunca has estado. Estoy segura de que vamos a crecer muy alto, todos nosotros, de que vamos a tocar el cielo con nuestras manos, como árboles en busca de sol. Y si llegan dificultades, nos dormimos una siesta y ya se verá después todo más claro. Porque si lo mejor se deja para el final, voy a empezar a enamorarme, que ya he visto por donde van los tiros. Si me desato, volaré tan lejos como me permita mi nostalgia, que es muy aleatoria y exquisita. Que tal vez no exista tal cosa como el olvido, que a veces viene y otras se queda, amante del recuerdo, a dormir junto a mis pies. Si me vas a mentir, hazlo con cuidado y delicadeza, para que después el golpe duela más. Quizás hoy no sea el mejor día para pedir la luna, pero estaba pensando... y de tanto pensar (y perder el tiempo), solo puede salir algo nuevo.
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