miércoles, 20 de mayo de 2015

El día en el que me atreví a hablarte de ti

Todo empezó el día en el que mirarnos dejó de ser verbo para convertirse en ansia. Un día en el que la necesidad dejo de hacer falta para volverse costumbre y la regla se hizo excepción. Me hablabas como si pudieras entenderme pero no quisieras, como si supieras que podía caer y te diera igual desde qué altura.

 Volamos en diferentes direcciones hasta que decidiste que debíamos volver a encontrarnos. Sonaban The Smiths, pidiéndote que les dejaras conseguir lo que querían y riéndose mezquinamente de mí. Me acarició entonces un pensamiento que he tratado, o no, de olvidar desde aquel momento.

 Pensé:
 'el día que, en efecto, tenga que morir, me encantaría que fueras tú el que me matase'

 No lo dije. Intenté no darle importancia. Me convencí de que eran palabras que iban y venían en la aturullada cabeza de una niña que leía demasiado y a la que aún no habían decepcionado las historias de amor. Me moriría de vieja, sentada en mi porche leyendo mi novela favorita; mis ojos parpadearían lentamente debido al cansancio y las letras se emborronarían hasta que fuera incapaz de distinguir algún significado. Poco a poco, los hilos de mi consciencia se irían soltando, al tiempo que el libro resbalaría de entre mis dedos, abriéndose justo por donde dice "fue el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan importante". Y allí permanecería, hasta que alguien lo recogiera y al levantar la vista me descubriera viajando plácidamente al país de nunca jamás. De lo que estaba segura es de que tú no estarías allí para verlo.

Pasó el tiempo, y me descubrí observándote como nunca antes había prestado atención a algo. Me fascinaba la forma en la que entendías el mundo. Tus gritos que desesperadamente rechazaban cualquier ayuda, la predilección que sentías por todo lo extraño, la manera en la que escribías todo lo que no querías, la soltura con la que te desprendías de lo innecesario. Por aquel entonces, me bastaba con saber que existías, que alumbrabas el mundo a todo aquel que se atreviera a aventurarse en tus oscuros rincones, y confiaba en que algún día me llegara un poco de aquella luz escondida. Pero llego un momento en el que la luna no me calmaba los atardeceres y las estrellas se fugaban del cielo, impidiéndome pedir cualquier deseo vano. Empecé a caer en una espiral de locura inconsciente, que no me dejaba salir a menos que vinieras conmigo.

Me envolvías cada vez más en un nudo apretado, que no contenía nada pero me encerraba como si de repente mi alma hubiera decidido instalarse en una cárcel de hielo. Solías mirarme desde fuera, cantándome con una sonrisa que intentaba derretir y eliminar mi miedo más profundo. Que eras tú. Pero no lo sabías, y yo en aquel entonces tampoco. Cuando comencé a intuir lo que se avecinaba ya era demasiado tarde. Ya estábamos metidos de lleno en una tormenta de la que ni el sol podría salvarnos. Llovió mucho, lloré mucho... podría considerarse lo mismo. No encontraba nada que atenuara la carga que alguien había decidido poner sobre mis hombros, y que intentaba olvidar con todas mis fuerzas.

Dicen que el olvido es un ser extraño. Que vive en una cueva solitaria, que nadie se acuerda nunca de él. Que está enamorado del tiempo, y sufre porque no puede ser feliz junto a su amado. Yo lo he buscado de mil maneras diferentes, he viajado hasta recónditos lugares intentando encontrarlo; quería que me contara su secreto, tal vez charlar con él un par de horas para entender la razón de su existencia, quería pedirle dejar de recordar, quedarme a vivir con él, sustituirle de algún modo, quería tantas cosas... Pero el olvido es un ser extraño. No se mostró ante mí cuando más lo necesitaba, se quedó sentado en su porche esperando a la muerte, leyendo su novela favorita, justo por donde dice "se debe pedir a cada cuál lo que está a su alcance realizar". Así que yo, viéndome abandonaba y sin esperanza, poco a poco, empecé a convivir con el dolor, a hacerlo parte de mí, a convertirlo en ventaja en lugar de desgracia, pues no había otra cosa que pudiera hacer.

Pero dolía, nada dolía más que tú, y eso era algo imposible de ignorar. Es más, nada ha dolido ni duele más que tú, maestro de la tristeza y el color azul. Navegante de lágrimas, creador de cascadas. Ignorante de tu poder. Y en un instante fugaz, mientras dejabas a un lado tu novela favorita, justo por donde dice "uno se expone a llorar un poco si se ha dejado domesticar", me dijiste que me querías,  mirándome como si no fueras consciente de las consecuencias, como si todo esto no fuera contigo, aunque nadie deseara más que yo que 'todo esto' recogiera sus cosas, hiciera las maletas y se marchara para siempre.

Así, he volcado en palabras cada punzada, cada latido, cada pensamiento y cada deseo. He escrito por y para ti, buscando el olvido, teniéndote presente, olvidando la búsqueda, flotando en la paradoja y prendiendo en llamas la conformidad.

Todo terminará el día en el que mirarnos no dé para horas y horas de poesía.




No hay comentarios:

Publicar un comentario